La tarde estaba tibia, de esas que parecen hechas para caminar sin prisa.
El parque se extendía ante ellos con senderos de grava clara, árboles altos y el murmullo constante de conversaciones lejanas. Fiorela caminaba junto a Santiago, con las manos en los bolsillos del abrigo ligero, el paso firme pero relajado.
Era una rutina que se había vuelto costumbre: salir de clases, caminar por el parque y terminar en la cafetería de siempre. Nada oficial. Nada prometido. Y, aun así, todo tenía un peso