La casa olía a canela, pino y engaño.
Leiah entró con una sonrisa forzada, su bolso colgando del hombro y el corazón agitado bajo el abrigo. No había pisado esa casa en semanas, y aunque sabía que enfrentaría preguntas y tensiones, no esperaba la escena que encontró al cruzar el comedor.
La mesa estaba vestida como una postal navideña: vajilla dorada, copas de cristal, velas encendidas. Pero lo que le heló la sangre no fue la decoración, sino ver al padre de Marcus sentado en la cabecera, con s