Capítulo 70: Lo que es mío... no sé toca
El silencio que siguió a la confesión de Lía no fue un vacío de sonido; fue una presión física, una masa densa y asfixiante que se expandió por las cuatro paredes de la habitación hasta que el aire pareció volverse sólido. Kael no se movió, pero su presencia cambió. Su aura, usualmente controlada como una llama azul en un soplete, se desbordó, tiñendo el ambiente de una agresividad latente que hacía que el vello de los brazos de Lía se erizara.
—Se ató a ti… —repitió Kael. Su voz no era más que