La noche en el territorio de la manada no cayó; se desplomó. Fue un cambio brusco, una transición violenta de la luz a la oscuridad que no tuvo nada de natural. No hubo el habitual concierto de grillos ni el susurro del viento entre los pinos. El bosque, usualmente vibrante bajo el dominio de Kael, se sumió en un silencio sepulcral, como si la naturaleza misma estuviera conteniendo el aliento, reconociendo que algo ajeno, algo antiguo y prohibido, acababa de reclamar un asiento en la mesa.
Kael