La puerta de la habitación principal no se abrió; fue prácticamente arrancada de su eje de calma por la fuerza de un hombre que ya no estaba luchando por mantener su humanidad. Kael entró como una ráfaga de aire gélido y presión atmosférica aplastante. No hubo palabras de bienvenida, ni el habitual suspiro de alivio que solía escapar de sus labios al verla a salvo. En su lugar, el aire se saturó con el aroma del bosque en invierno, de la tierra removida y de una furia tan antigua como la sangre