La tarde había caído con una calma engañosa, de esas que preceden a las peores tormentas. El territorio seguía su ritmo habitual; los miembros de la manada cumplían sus tareas y, desde afuera, nada parecía fuera de lugar. Pero Lía ya había aprendido que las cosas más peligrosas no se anuncian con aullidos ni con el estruendo de una batalla. Llegan en silencio, deslizándose por las grietas de la seguridad que Kael creía haber sellado.
Kael no estaba. Había salido con sus mejores guerreros, tensa