51. Otro triste traidor
Indra.
—Ya estamos cerca, amor —me susurró Fausto cuando quedamos pegados a una pared, con él vigilando nuestros alrededores en medio de la noche tranquila.
El vagón había logrado detenerse muy cerca de la terminal tres del gran aeropuerto internacional, en plena madrugada.
Le asentí a Fausto, siguiéndolo sigilosamente.
Aunque por dentro moría de miedo, me obligué a ser fuerte. Por mí. Por Fausto. Por nuestros hijos.
Fausto rompió el candado de la reja del hangar de la aerolínea Interged con e