51. Otro triste traidor
Indra.
—Ya estamos cerca, amor —me susurró Fausto cuando quedamos pegados a una pared, con él vigilando nuestros alrededores en medio de la noche tranquila.
El vagón había logrado detenerse muy cerca de la terminal tres del gran aeropuerto internacional, en plena madrugada.
Le asentí a Fausto, siguiéndolo sigilosamente.
Aunque por dentro moría de miedo, me obligué a ser fuerte. Por mí. Por Fausto. Por nuestros hijos.
Fausto rompió el candado de la reja del hangar de la aerolínea Interged con el arma, y ambos nos echamos a correr dentro del lugar.
Ni siquiera lo pensó cuando disparó al guardia nocturno, un hombre pasado de peso que parecía caminar tranquilo ajeno a todo.
Ahogué un grito y procuré no pisar la sangre mientras seguía a Fausto. La antigua Indra se hubiese desmayado al ver la escena, pero la nueva Indra no se podía dar el lujo de hacerlo.
Era él o nosotros. Ese policía podía pedir ayuda en cualquier segundo y todo se acabaría.
Fausto me ayudó a subir al pequeño metro aéreo