49. Moriría en tus brazos
Indra.
—Luces como una diosa hoy —susurró Fausto como si tuviéramos decenas de personas a nuestro alrededor. El bello hombre puso una mano en mi cadera. Si bien el papá de los gemelos era un excelente bailarín, yo estaba muy lejos de serlo.
Fausto me dio una lenta vuelta para admirarme, y yo sentí que mis orejas comenzaban a arder.
Su aroma a perfume caro y café embargó mis sentidos mientras intentaba no mirarlo a los ojos, porque sentía que si lo hacía me derretiría ahí mismo.
—Bueno... usted