33. Dejaste nuestro amor en el olvido
Indra.
CDMX.
Dante me ayudó a bajar del helicóptero en medio de la noche, iluminada por las luces de la gran metrópolis.
Me sentí más segura cuando el chino, detrás de mí, me tendió un portabebés. El otro se lo entregó a Dante, en medio de la heladez y del fuerte viento provocado por las aspas.
Uno de los hombres enmascarados mantuvo abierta la puerta de la azotea del gran y lujoso edificio que, de seguro, también pertenecía al hombre de tatuajes.
Me hubiese gustado que Dasha estuviera con noso