28. El dolor adentro
Indra.
Volví a escuchar otro azote de puerta a lo lejos y suspire. Podría jurar que nuestras puertas eran especialmente resistentes, porque no había modo alguno de que ninguna puerta soportara lo que los hermanos Salazar le hacían a las suyas.
Con Victoria parada frente a mi sin sus altos tacones o sus extravagantes pelucas, se veía tan chiquita.
—Te ves muy bien Indra— me dijo Victoria tratando de sonar amable aunque ella también se veía tan nerviosa como yo, sus ojos estaban abiertos de más