Kort bajó de su caballo y lo ató junto a los de los demás. En el límpido cielo no se había elevado columna de humo alguno y aquello lo llenaba de tranquilidad. No era el único perdedor que regresaba con las manos vacías.
Eso pensó hasta que llegaron a él los primeros llantos, seguidos de quejidos y lamentos. En un sector del campamento, los Liaks tenían un corral que albergaba no cabezas de ganado, sino hembras. Hembras de todos los colores, tamaños y razas.
—Llegas con las manos vacías —le re