Kaím y la hembra seguían avanzando en la cueva, oscura como la garganta de una bestia. Aquello a ella no le importaba y lo guiaba, sin errar, en la penumbra.
Algunos otros huesos se cruzaron bajo los pies del Liak y los pateó, sin darle mayor importancia.
—¿Vives en esta cueva? En el valle del Zazot también tenemos muchas cuevas que puedes visitar.
—¿Qué tiene de malo esta? A mí me parece perfecta.
La hembra se detuvo y lo empujó contra el muro rocoso. Apoyó las manos en sus hombros y juntó