Unos gritos inhumanos agitaron la paz de la noche en las mazmorras. Los prisioneros, arrancados de sus sueños con violencia, se agolparon tras los barrotes, esperando saber qué pasaba y orando, para que fuese lo que fuera, no les ocurriera a ellos.
En las estancias donde dormían los que, por su buen comportamiento, no necesitaban de tanto resguardo, Alter se agitaba presa de una fiebre capaz de derretirle la piel y no halló sosiego en las compresas frías que Gro le ponía encima.
—No pudo se