Manada carmesí
En el apasible prado, las ovejas pastaban sin prisa, confiadas en la vigilante protección de su pastora. La joven se había levantado la falda y refrescaba las piernas con la brisa de la tarde mientras se abanicaba la cara.
Ni siquiera era verano todavía, pero los calores se habían adelantado bastante.
El cabello, atado en una larga trenza, le dejaba despejado el cuello, que abanicaba también, deseosa de bajar pronto hasta el río para darse un chapuzón mientras sus animales b