Los ojos de Umak se aguaron al volver a ver a Akal. El bebé que Asraón le había pedido proteger y a quien había visto crecer seguía en este mundo cuando lo creía muerto.
—¡Benditos sean nuestros ancestros, que te han protegido y me permiten verte de nuevo! —aferró la cabeza de Akal y le besó la frente.
—Lo mismo digo, mi fiel Umak. Te creí muerto también. Supuse que, en cuanto regresaras por mí a la manada, Dom te mataría, pero te has salvado. Eres un viejo con suerte.
—Volví, claro que sí,