La mesa del comedor de las mujeres permaneció vacía todo el día y la estancia siguió silenciosa incluso cuando Dara y Sora llegaron a limpiar. De tantas mujeres que alegraban el funesto palacio con sus voces, las tres que quedaban intentaban, con su silencio, que nadie se percatara de su presencia.
Las esposas hermanas lloraban abrazadas en la misma habitación, recordando los días felices que pasaron como privilegiados miembros de la nobleza. No conocían el dolor ni el miedo y creyeron que jam