Cada vez que el frío helaba los miembros de Eris y le castañeaban los dientes, ella usaba lo único que tenía para entretenerse en su morada en las montañas, la imaginación. Imaginaba ella que estaba recostada sobre un campo bordado de flores y bajo un sol abrasador donde el frío no existía. Imaginaba cada palmo de su piel siendo bañado por aquella calidez irreal y hasta le parecía sentir el aroma de las flores cosquilleándole la nariz.
Aquel prado que se extendía únicamente en sus memorias era