Las agrestes montañas de Forah silbaban una melodía de dolor y muerte, que Eris conocía bien. Seguida de sus guardias, avanzaba tras su padre, que caminaba lento como el viejo que era.
Tuvieron que ponerlo de pie varias veces; el alcohol en su sangre tampoco lo ayudaba a orientarse en la invariable blancura. A Eris le pareció que recorrieron varias veces el mismo sitio, junto a la quebrada y su aullido ronco que apretaba corazones.
Bajo sus gruesas ropas, Kemp temblaba y sentía la nariz gotear. Si llegaba vivo a Balardia, se metería en una tinaja con agua hirviendo y reposaría bebiendo una copa de vino; esos pensamientos lo mantenían en pie.
Bajo el cielo encapotado, la claridad del día se iba volviendo escasa y no parecían hallarse cerca de su destino.
—¡Por allá, es por allá! —el padre señaló con su mano un lugar en medio de la nada—. ¿Lo ven? Todavía sigue allí, resultó ser una buena estaca.
Clavada en el sitio donde habían abandonado a Eris a su suerte, la vieja estaca se alza