Las agrestes montañas de Forah silbaban una melodía de dolor y muerte, que Eris conocía bien. Seguida de sus guardias, avanzaba tras su padre, que caminaba lento como el viejo que era.
Tuvieron que ponerlo de pie varias veces; el alcohol en su sangre tampoco lo ayudaba a orientarse en la invariable blancura. A Eris le pareció que recorrieron varias veces el mismo sitio, junto a la quebrada y su aullido ronco que apretaba corazones.
Bajo sus gruesas ropas, Kemp temblaba y sentía la nariz gotea