Gio tenía una lengua afilada y, cuando creía tener la razón, no perdonaba a nadie.
—¿Ya terminaste con tu estupidez? ¿Acaso te he traído mala suerte a ti? ¡Repítelo y te golpeo! —Ciro, al límite de su paciencia, apretó los puños hasta hacer crujir sus nudillos.
Gio, viendo que la situación se ponía peligrosa, cambió de tema al instante. Arqueó las cejas con encanto, desplegando todo su atractivo, aunque lamentablemente eso no surtía efecto en Ciro. Gio siempre había tenido una confianza absolut