Genaro observó a su hermano. Jordi siempre había sido un enigma para él; nunca lograba descifrar lo que pensaba ese hombre, ni hace diez años ni ahora.
El silencio se apoderó del ambiente. Después de un rato, Genaro se rio y miró a Jordi.
—Te lo buscaste, imbécil. Ahora te aguantas.
—No me arrepiento.
Jordi bebió un sorbo de cerveza y respondió con firmeza, sin dudar.
—Jordi, si te arrepientes, dilo. No te lo guardes, solo te haces daño tú mismo. Deja de engañarte. Mira a Paolo, vive tranquilo