Mary llegó de nuevo y se sentó. Tomó un poco de licor de su vaso y Isabel la interrogó:
—No sabía que bailaras tan bien, madre.
—Gracias, hija —dijo Mary complacida.
—Ese parece ser un hombre agradable.
—Quizás —dijo Mary mirándolo.
—¿Y tú, hija? ¿Por qué no bailas?
—No tengo con quién hacerlo.
—Ya verás que pronto aparecerá un chico. En ese momento vieron que Michael se acercaba a la mesa. Isabel desvió su mirada y tomó un sorbo de su vaso. No sabía lo que contenía, pero no le gustó el sabor.