—¿Qué hiciste... qué dijiste? —preguntó Carlos, enfurecido, con la voz temblando de rabia contenida.
—La vendí a una mujer —respondió con frialdad—. Me pagó muy bien.
—¡Dime el nombre! ¡Dámelo ahora mismo! —gritó Carlos, cada vez más fuera de sí.
—La vendí a Rafaela Martín. Una mujer poderosa... y muy rica.
Carlos se quedó inmóvil por un segundo, como si las palabras se hubieran clavado en su pecho.
—¿Vendiste a mi hija... a Rafaela? —repitió, incrédulo.
—Sí. Eso fue lo que dije —confirmó la mu