La pérdida de sus dos hijos la había marcado profundamente, pero Mary encontraba cierto consuelo al pensar que al menos el niño estaría a salvo con su padre, quien sabría cuidarlo y ofrecerle lo mejor. Sin embargo, no podía decir lo mismo de su pequeña. No sabía quién la tenía, ni en qué condiciones vivía. La imaginaba desamparada, frágil, necesitada del amor y del calor de una madre. Su mente se atormentaba día tras día con imágenes de su hija descuidada, maltratada, sola... y eso la destruía