Nadie entendía cómo John había logrado entrar a la habitación de Isabel. La seguridad de la mansión dejaba mucho que desear.
Tras reducirlo, los criados lo arrastraron fuera de la casa mientras Juliana llamaba a la policía. No permitirían que siguiera cerca, mucho menos después de lo que había intentado hacer.
Desde el exterior, se escuchaban sus gritos llenos de rabia.
—¡Te mataré a ti y a tu hijo, maldita entrometida! —vociferaba John con furia. —¡Y tú, Isabel, serás mía, aunque me cueste la