—¡Mary…! —dijo Carlos con la voz entrecortada, como si el pasado hubiera decidido presentarse de golpe ante sus ojos—. ¡Eres tú!
—Su nombre no es Mary —intervino Rafaela con firmeza, y su tono cortante fue como un cuchillo que partió en seco la emoción del momento.
Carlos parpadeó, atónito. Sus ojos se posaron de nuevo en el rostro de la joven, tan parecido al de aquella mujer que una vez marcó su vida.
—¿Qué le pasa, señor? —añadió Rafaela, esta vez con dureza, colocando a su hija detrás de el