SIENNA
El silencio se arrastra por la habitación. Todos siguen con la cabeza gacha, como si al levantarla algo peor que la humillación los esperara.
No sé cuánto tiempo pasa. Segundos, quizás. Pero se sienten eternos.
— Pueden sentarse —ordena Massimo al fin.
Las sillas crujen cuando los cuerpos regresan a su lugar, aunque nadie parece cómodo. Algunos se aclaran la garganta, otros evitan mirarme. Siento sus ojos en mi nuca, sus juicios tragándose las palabras que no se atreven a decir. Yo sigo