Sofia no comprendía de dónde había salido todo aquello, la audacia y astucia que había presentado en el juzgado de paz no eran propias de ella, aunque no iba a negar que se sintió satisfactorio ver el rostro desencajado de aquella mujer, porque si debía ser honesta, ella sentía un gran aprecio por Alexander desde siempre, el hombre era un magnífico jefe, una persona muy comprensible, y en esta última semana había aprendido a conocerlo desde otra perspectiva una más íntima, sus cortas charlas pe