La carrera en la fuente había sido solo el preludio.
La adrenalina y el alcohol, combinados con una atracción que había crecido en silencio, explotaron en la camioneta que los llevaba de regreso a la mansión de Nathaniel Vance. Los escoltas, alertados de su partida, seguían discretamente en un segundo vehículo, acostumbrados a las excentricidades del futuro presidente, aunque rara vez tan… apasionadas.
Apenas las puertas de la camioneta se abrieron frente a la imponente entrada de la mansión,