La noche de gala se transformó, casi por arte de magia, en una aventura clandestina. Nathaniel Vance, dejando atrás el brillo superficial de la élite política, siguió a Isabella a un bar poco concurrido en un callejón discreto, lejos del bullicio del centro.
Sus escoltas, un trío de sombras silenciosas y disciplinadas, permanecieron afuera, sus ojos vigilantes escaneando la calle, creando un perímetro de seguridad invisible que separaba a Vance de su vida pública, y evitando los fotógrafos.
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