A Nathaniel Vance le tomó un instante recomponerse. La mujer, una visión deslumbrante en zafiro, lo había impactado de tal manera que por un momento el tiempo pareció detenerse. Esos ojos de un azul eléctrico, la sonrisa que prometía secretos.
—Mil disculpas, señorita —logró decir, empujando la silla hacia la mesa, con una sonrisa que se expandió un poco más de lo que esperaba. Era una disculpa genuina, pero también una excusa para prolongar el contacto visual—. No suelo hacer esto.
—¿Golpear m