El aire en la sala del tribunal estaba tan denso que casi se podía masticar. Los días se habían fusionado en una agotadora sucesión de testimonios, contrainterrogatorios y pruebas que pintaban un cuadro cada vez más sombrío para Nathaniel Vance.
Ni la elocuencia mordaz de Vivian Holloway ni la meticulosa disección de Callum Finch habían logrado desviar la trayectoria del implacable fiscal Alistair Croft. Las pruebas del Grupo Halcón, especialmente el memorándum con la rúbrica de Vance, habían s