La habitación de hospital de Anastasia era un santuario frío y aséptico. Nathaniel Vance se sentó junto a su cama, observándola mientras el suave goteo de un suero intravenoso era el único sonido que rompía el silencio. Anastasia yacía inmóvil, sedada, un pálido capullo humano, ajena al mundo y a la tormenta que la rodeaba. Su rostro, antes tan expresivo, era una máscara de vacío. No era la mujer vibrante que había amado, ni la figura ensangrentada y salvaje de la fundición. Era una sombra, un