La revelación pública había sido un terremoto; una catástrofe personal y política de proporciones bíblicas. El mundo entero conocía historia de Nathaniel Vance, el Presidente de los Estados Unidos, su amante embarazada y el torbellino de mentiras que había orquestado para encubrirlo todo. Pero para Vance, la humillación no era el dolor más profundo; era la rabia. Una rabia fría, quemándole las entrañas, que solo podía ser apaciguada con una cosa: la destrucción total de Rebecca Thorne.
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