El aire en la habitación del hospital se había vuelto denso, casi sólido, con la tensión que cortaba como la hoja del cuchillo que Rebecca sostenía contra la garganta de Anastasia. El Presidente de los Estados Unidos estaba paralizado y con miedo. Sus ojos, antes llenos de furia implacable por la búsqueda fallida de su enemiga, ahora reflejaban un terror puro y abyecto.
—Rebecca… ¿Qué… estás haciendo aquí?
El susurro de Vance era gutural, apenas audible por encima del zumbido de los monitores m