El olor a pino, a cera de abejas y, sobre todo, a la inconfundible fragancia de su hijo, llenó los pulmones de Anastasia, aliviando la opresión que había sentido por días.
Sus pies, que habían caminado sobre rocas y nieve, se hundían en la suave alfombra de lana, una sensación de lujo que se sentía extraña después de su cautiverio. Ignorando a los silenciosos guardaespaldas y al personal de la casa que la miraban con asombro, corrió por los pasillos, con el corazón latiendo al ritmo de la esper