El aire frío de la cabaña, que en el piso de arriba olía a leña quemada y a la tensión de un reencuentro imposible, se transformó en un hedor opresivo y húmedo al bajar al sótano.
El olor a tierra mojada, a moho y a algo más, un olor a desesperación humana, golpeó las fosas nasales de Vance. Se cubrió la nariz con una mano, su estómago se revolvió, y dio un paso hacia la oscuridad. Las escaleras, de madera vieja y crujiente, parecían un descenso al infierno. Cada escalón crujía bajo su peso, un