El vestido de seda gris pesaba sobre sus hombros como una sentencia.
No tenía adornos. No tenía brillo. Solo caída recta, tela firme, cuello contenido. Isidora se había recogido el cabello en la nuca con un solo pasador. Nada más. Sin maquillaje excesivo. Sin joyas. La versión exacta de alguien que se niega a ofrecer espectáculo aunque la hayan sentado en el centro del escenario.
El comedor principal de la Mansión Franzani estaba preparado para veinte comensales, pero solo ocupaban cuatro sillas