El aula magna de la Escuela de Arte y Diseño de Madrid no olía a costura industrial ni a tintes químicos. Olía a grafito, a café en vasos de cartón y a la electricidad estática de la ambición juvenil.
Era un jueves por la mañana. La luz pálida de noviembre se filtraba por los altos ventanales con marco de hierro, iluminando las motas de polvo suspendidas sobre las tres filas de mesas de dibujo.
Isidora estaba de pie frente a la pizarra digital.
Llevaba un traje de chaqueta de dos piezas en colo