El estudio de ALMONTE en el barrio de Gràcia parecía una bóveda de preservación histórica.
Era martes por la tarde. El sonido habitual de las máquinas de triple arrastre había sido sustituido por el crujido del papel de seda libre de ácido y el rodar de las carretillas logísticas. Faltaban cuarenta y ocho horas para que el camión blindado partiera hacia Madrid con la carga más valiosa que la empresa había gestionado jamás.
No era una nueva colección para vender en París.
Era la vida de Javier A