Era una mañana cualquiera de finales de octubre.
El taller central de ALMONTE en el barrio de Gràcia bullía con esa energía rítmica y ordenada que solo poseen los lugares donde las personas aman lo que hacen. No era el frenesí desesperado de la antigua sede de Franzani, alimentado por el miedo a las represalias. Era la vitalidad de la creación pura.
El sonido de las tijeras de Marco mordiendo una gruesa tela de lana fría marcaba el tempo. De fondo, el ronroneo constante de tres máquinas de cose