El lado de la puerta de Matteo permaneció en silencio.
Isidora despertó con el cuaderno de bocetos apretado contra el pecho, el sofá de cuero frío bajo la espalda y la luz gris de la mañana filtrándose por el vidrio de la suite. Dos horas de sueño fragmentado. Ningún sonido al otro lado de la puerta doble. Ningún paso. Ninguna señal de que Matteo hubiera decidido atravesar la línea que él mismo había dejado marcada.
Eso, más que cualquier irrupción, tenía el filo de un desprecio.
Se incorporó de