La luz de la mañana entraba a raudales por los inmensos ventanales del apartamento del Eixample. Era una luz cálida, densa, que bañaba el suelo de parqué de roble en tonos miel.
En el centro exacto del salón, sobre una alfombra de lana cruda, estaba sentada Alma.
Tenía cuatro años. El cabello oscuro recogido en una coleta despeinada y la concentración absoluta de un monje en plena meditación. Llevaba un peto vaquero manchado de polvo de tiza en la rodilla izquierda. Estaba sentada con las piern