El interior del Rolls-Royce era una bóveda de silencio y cuero negro.
El chófer había subido el panel insonorizado de cristal oscuro apenas cerraron las puertas. No había testigos. No había cámaras. Solo el zumbido sordo del motor V12 devorando la distancia entre la plaza financiera y la Mansión Franzani.
Matteo no conducía, pero su postura dominaba cada centímetro cúbico del espacio. Estaba sentado a medio metro exacto de Isidora. No la miraba. Mantenía la vista clavada en el respaldo del asien