El despacho de Matteo Franzani, en el piso veinte de la torre corporativa, era un cubo de cristal suspendido sobre el tráfico gris de la ciudad. Una pecera en el cielo.
Isidora llevaba tres horas sentada en una mesa de cristal adjunta a su escritorio principal. La tarjeta negra encriptada quemaba en el fondo de su bolso de cuero. No había tenido un solo segundo de privacidad para conectarla al servidor central; Matteo no había abandonado la habitación ni para pedir café. Cada vez que ella movía