El despacho privado de Matteo en el ala oeste de la mansión era una extensión arquitectónica de su cerebro.
Paredes forradas en paneles de nogal oscuro, estanterías geométricas de acero inoxidable pulido y un inmenso ventanal blindado que dominaba los jardines traseros, sumidos ahora en la oscuridad. No había luz cálida. Todo estaba iluminado por halógenos blancos, precisos y estériles. Un quirófano corporativo.
Eran las nueve de la noche. Faltaban exactamente nueve horas para la demolición de S