Mundo ficciónIniciar sesiónEl asistente de Matteo había venido tres días antes. Isidora le entregó descartes. Bocetos sin terminar, líneas que no llevaban a ningún lado. El portafolio volvió vacío y ella durmió creyendo que había ganado esa mano.
Se puso el vestido negro de su madre y bajó a la fiesta.
* * *
El salón de baile de la Mansión Almonte era un infierno de luz. Candelabros de cristal, mármol pulido, cien invitados de la alta costura. El aire olía a champagne y a la ansiedad específica de las alianzas empresariales disfrazadas de celebración.
Clara era el centro de todo. Vestido de seda crema con brillo plateado, la risa alta y calculada de quien sabe que esta noche es suya. Tenía a Matteo del brazo como si ya fuera un título, no una persona.
Isidora se quedó junto al florero de rosas del fondo. El mismo lugar de siempre. El que nadie ocupaba porque quedaba lejos de la música y cerca de la salida de servicio.
No buscó a Matteo con la mirada. No necesitaba buscarlo: lo sintió antes de verlo, igual que tres días antes había sentido sus pasos en el vestíbulo. Había algo en él que organizaba el aire a su alrededor de una manera que resultaba imposible ignorar aunque se intentara.
Y entonces lo vio mirarla.
No con sorpresa. Con la expresión particular de alguien que llegó a una reunión sabiendo exactamente qué estaba sobre la mesa.
Isidora sostuvo la mirada tres segundos y la desvió primero. Era una concesión pequeña. La anotó mentalmente como deuda.
* * *
Diez minutos después, una sombra cayó sobre el florero.
—¿Disfrutando la fiesta? —La voz de Matteo llegó desde atrás, baja.
—No.
Se puso a su lado, no frente a ella. Como si fuera una conversación casual entre dos personas mirando la misma habitación.
—Los bocetos que me enviaste —dijo, sin inflexión, sin acusación—. Los revisó mi directora de atelier.
El estómago de Isidora se contrajo. Siguió mirando al frente.
—¿Y?
—Dijo que son los descartes de otra cosa. De algo mejor. —Una pausa breve—. También dijo algo interesante sobre la serie. Que la pieza con el corte asimétrico en el dobladillo izquierdo era la más cercana al centro de todo.
Isidora no respondió. No podía.
El corte asimétrico en el dobladillo izquierdo. Ese detalle estaba en uno de los seis bocetos del forro. No en los descartes que le había enviado. En ninguno de los descartes. Era imposible que su directora de atelier lo hubiera visto.
Era imposible.
—No te lo pregunto esta noche —dijo Matteo—. Pero lo preguntaré.
Se alejó antes de que ella encontrara qué decir.
* * *
Veinte minutos después, Luca Franzani levantó su copa para el brindis. La sala entera giró hacia él. Rafael se acomodó la corbata. Clara respiró hondo, el rostro encendido.
Matteo estaba a dos pasos de su padre.
—Un momento. —La voz de Matteo no fue alta, pero cortó el ruido de la sala como un cuchillo limpio.
El silencio fue instantáneo.
Luca bajó la copa despacio, mirando a su hijo con la expresión del hombre que ya sospechaba esto.
—Antes del brindis —dijo Matteo—, hay una corrección. —Giró hacia Rafael—. La alianza se sostiene. Pero la novia cambia.
La sala tardó tres segundos en procesar lo que acababa de escuchar. Clara fue la más rápida: el color desapareció de su cara antes de que terminara la frase.
—¿Qué novia? —La voz de Luca era baja y sin temperatura.
—Isidora Almonte.
Cien cabezas giraron hacia el fondo del salón.
Hacia el florero de rosas blancas.
Hacia ella.
Isidora sintió el peso de cada mirada como algo físico. Los flashes de los periodistas empezaron antes de que nadie dijera nada más. Rafael estaba pálido. Clara tenía la mano sobre la boca y los ojos secos, demasiado secos, el tipo de control que cuesta más que las lágrimas.
Matteo caminó hacia ella.
Caminó despacio, como si el salón entero fuera un corredor que le pertenecía, y se detuvo a un metro.
—¿Bajo qué condiciones? —dijo Isidora.
Su voz no fue un susurro. Fue lo suficientemente audible para que los tres periodistas más cercanos la escucharan. Para que Luca la escuchara. Para que Rafael, al fondo, la escuchara y se diera cuenta de que su hermana acababa de mover una pieza propia en el tablero de un juego que él pensaba controlar.
Matteo se detuvo. Un segundo —uno solo— en que el salón contuvo la respiración.
—Las que tú pongas —dijo Matteo—. Por escrito. Firmadas.
Era la respuesta correcta para una sala llena de prensa. Generosa, pública, irrebatible.
Isidora lo supo en el momento en que la dijo. Y supo también que había algo debajo de esa respuesta que la sala no podía ver.
—Entonces acepto.
Luca levantó la copa. Los flashes explotaron. Rafael exhaló. Clara se dio la vuelta y desapareció entre la multitud con la elegancia helada de alguien que está aplazando algo, no rindiéndose.
* * *
Quince minutos después, mientras la sala recuperaba el ruido y el champagne circulaba de nuevo, Matteo se acercó a Isidora por segunda vez. No por el centro del salón sino por el lateral, junto a las cortinas, donde la luz era más tenue y los periodistas habían perdido el ángulo.
Se puso a su lado, igual que antes. Mirando al frente.
—Las condiciones que pongas —dijo en voz baja—. Las firmo.
—Ya lo dijo.
—Lo dije para ellos. —Una pausa brevísima—. Esto es para ti.
Isidora esperó.
—Hay una cláusula estándar en todos los contratos nupciales Franzani. —La voz de Matteo era exactamente igual que siempre: sin urgencia, sin amenaza visible—. Cesión de derechos sobre cualquier trabajo creativo producido durante el matrimonio. Diseño, ilustración, colección. Todo lo que nazca mientras estés bajo ese apellido pasa a ser propiedad de Franzani Atelier.
Isidora no parpadeó.
—Es estándar —repitió Matteo—. Nadie la negocia porque nadie tiene nada que proteger.
Se alejó hacia donde estaba su padre sin añadir nada más.
Isidora no se movió del lugar junto a las cortinas.
Ella misma había pedido el contrato por escrito. Ella misma lo había exigido en voz alta delante de la prensa. Y en ese contrato, en la primera cláusula de una lista que todavía no existía, esperaba una línea que convertiría en propiedad Franzani cualquier cosa que creara desde la noche en que firmara.
En el forro de un abrigo gris, a dos plantas de altura, había seis bocetos. Suyos. Todavía suyos.
Hasta que ella misma pusiera su nombre en el papel.







