La Última Hora

La fiesta no terminó. Solo cambió de temperatura. Matteo estaba con Luca y Rafael en el despacho lateral, la puerta cerrada, y el salón se fue vaciando a su alrededor con el ritmo específico de las celebraciones que han perdido su centro.

Clara no estaba. Había desaparecido antes del segundo brindis con la eficiencia de alguien que ha ensayado salidas de emergencia.

Charles llegó a su lado sin que nadie lo enviara y se quedó de pie junto a ella hasta que el salón terminó de vaciarse. No dijo nada. No hacía falta.

* * *

A las once de la noche, la puerta de su habitación se abrió sin llamar.

Rafael entró dos pasos. Vio el portafolio abierto en la cama — los bocetos descartados, las líneas sin terminar, el trabajo visible que Isidora había sacado sin saber exactamente por qué. Lo cerró. Un gesto solo, sin decir nada, sin pedirle permiso, con la misma naturalidad con que se cierra una ventana que no debería estar abierta.

—La mudanza es esta noche.

Isidora miró el portafolio cerrado sobre la cama.

—Esta noche —repitió.

—Matteo quiere que salgas antes de medianoche. Hay fotógrafos afuera. —Rafael no la miró directamente—. Charles te tiene preparado un vestido.

—¿Qué vestido?

La pausa del hombre que sabe exactamente lo que está pidiendo y ha decidido no disculparse.

—El de tu madre. El blanco.

Isidora no respondió.

Rafael se fue. Dejó la puerta entornada como si la urgencia de la noche no le alcanzara tampoco para ese último gesto.

* * *

Charles tenía el vestido extendido sobre la silla. Seda blanca, corte simple, escote cerrado y mangas largas. Lo mismo que Alicia San Martín había usado en su primera cena social con Javier Almonte, hacía veintidós años.

—Rafael quiere que la prensa vea pureza —dijo Isidora. No era una pregunta.

—Sí. —Charles no intentó suavizarlo—. Quiere que la alianza se vea como una elección de familia, no como un rescate de último minuto.

—Y yo soy el símbolo de eso.

—Esta noche, sí.

Isidora tomó el vestido. El tacto de la seda era exactamente como lo recordaba de la infancia, cuando su madre la dejaba pasar los dedos por la tela antes de doblarla. Lo vistió despacio, sin apresurarse, frente al espejo pequeño de su cuarto. Sin maquillaje. Sin adornos. El blanco contra su piel pálida hacía exactamente lo que Rafael necesitaba que hiciera.

Lo sabía. Se lo puso de todas formas.

Porque el vestido era de su madre, y esta era la última noche que pasaría en esta casa, y si iba a salir de aquí para siempre quería hacerlo con la única cosa que todavía le quedaba de Alicia, aunque Rafael se lo hubiera pedido por razones que no tenían nada que ver con ella.

Volvió al closet.

* * *

El abrigo de lana gris seguía colgado al fondo. Lo sacó. Pasó los dedos por la costura del forro a la altura del dobladillo — el hilo gris, invisible, intacto.

Se lo puso encima del vestido blanco.

Charles estaba en la puerta. Miró el abrigo. Miró a Isidora. Asintió una vez, con la expresión del hombre que lleva cuarenta años en esta casa y sabe cuándo alguien está tomando la única decisión correcta disponible.

—Tu maleta está abajo —dijo.

—Bajo en cinco minutos.

Se fue.

Isidora miró el cuarto una última vez. La cama, el espejo pequeño, la ventana que daba al jardín de rosas. La habitación del ala de servicio donde había vivido diecisiete años porque era la única parte de la mansión que nadie más quería.

La extrañaría de todas formas.

* * *

El vestíbulo estaba casi vacío cuando Isidora bajó. Charles esperaba con la maleta junto a la puerta principal. Afuera, a través del cristal emplomado, se veían los faros del coche de Matteo y las siluetas de dos fotógrafos en la vereda.

El portón estaba abierto.

—Isidora.

La voz vino del corredor que llevaba hacia el ala de Clara.

Isidora se detuvo.

Clara caminó hacia ella despacio. Se había cambiado: algo oscuro, sin adornos, como si ya hubiera archivado la noche que había perdido. Su cara estaba perfectamente compuesta — sin rastro de llanto, sin rabia visible. La frialdad más peligrosa de todas.

Se detuvo a un paso. Lo suficiente para que solo Isidora escuchara.

—Ya hablé con alguien en el obispado —dijo Clara, en voz muy baja—. No el contacto de Rafael. El mío. Solo le dije que era posible que necesitara un favor. Todavía no le pedí nada. —Una pausa de un segundo—. Estoy esperando a ver si me das una razón.

Se dio la vuelta y volvió por donde había venido sin esperar respuesta.

Isidora cruzó el umbral.

* * *

El coche de Matteo esperaba con el motor encendido. Él no estaba adentro — estaba de pie junto al maletero, hablando en voz baja con Luca. Cuando vio salir a Isidora, Luca terminó la conversación y se fue hacia su propio coche sin decir nada.

Matteo abrió la puerta del pasajero.

Isidora subió. El abrigo gris en el regazo, demasiado importante para el maletero.

Matteo se sentó al volante. Arrancó sin hablar.

Las luces de la Mansión Almonte desaparecieron en el espejo retrovisor. Isidora las vio irse. El portón, el jardín, la ventana del cuarto del ala de servicio. Todo reduciéndose hasta no ser nada.

A los diez minutos, el teléfono de Matteo sonó en el soporte del tablero. Lo miró un segundo antes de contestar.

—Sí. —Una pausa—. Bien. —Otra pausa—. Esta noche no. Mañana.

Colgó.

Siguió conduciendo sin decir nada durante medio minuto. Luego, sin girar la cabeza:

—El personal recogió algunas cosas de tu cuarto esta tarde. Las que Charles indicó que eran tuyas.

Isidora apretó el abrigo contra su regazo.

—¿Qué cosas?

—Ropa. El portafolio de trabajo. Cosas personales. —Matteo tomó una curva sin apresurarse—. Charles fue muy específico en lo que era tuyo y lo que era de la casa.

Isidora miró por la ventana.

El portafolio. Los descartes. Charles había indicado que el portafolio era suyo. Charles había estado en la habitación cuando ella sacó el abrigo. Charles había visto todo.

—¿El abrigo también? —preguntó.

Matteo no respondió.

El coche aceleró. La ciudad pasó afuera como algo que ya no le pertenecía. Isidora sostuvo el abrigo con las dos manos y no volvió a abrir la boca.

Charles llevaba cuarenta años en esa casa. Y ella no sabía, en este momento, a quién había decidido servir esta noche.

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