Mundo ficciónIniciar sesiónA las seis de la tarde, Rafael reunió a la casa en el salón principal. No se sentó. Los que se quedan de pie piensan que tienen más autoridad, aunque tiemblen.
—Los Franzani llegan a las ocho. —Su voz era plana, sin inflexión—. La alianza es definitiva. La deuda de Casa Almonte con proveedores y la banca es de ocho cifras. Luca Franzani la absorbe en su totalidad a cambio del matrimonio. Hay condiciones: boda en tres meses, y ambas Almonte presentes en todos los eventos hasta la ceremonia.
—¿Ambas? —Clara levantó la vista del teléfono.
—Órdenes de Luca. —Rafael no dejó espacio para discutir—. No las mías. Las de él. —Miró a Isidora—. Vestidos apropiados. Sin opiniones.
Clara ya tenía al estilista subiendo las escaleras antes de que Rafael terminara la frase.
Isidora se quedó sola en el salón.
Ocho cifras. No había escuchado el número antes, pero entendió lo que significaba: que Rafael no estaba exagerando cuando dijo que podía hacer llamadas. Si Luca Franzani podía absorber eso con una firma, entonces el hombre que llegaba a las ocho tenía un poder que no era decorativo.
Subió a su cuarto sin que nadie se lo pidiera.
* * *
El vestido de su madre seguía colgado donde Charles lo había dejado la noche anterior. Seda negra, corte clásico, escote cerrado. La antiforma de todo lo que Clara elegiría.
Isidora lo vistió despacio. Frente al espejo pequeño de su cuarto, no buscó perfección; buscó control. Recogió el cabello con dos pasadores sencillos. Sin maquillaje, salvo el rosa natural de sus labios.
Eran las siete cuarenta cuando bajó. El vestíbulo estaba vacío todavía.
Charles la encontró al pie de la escalera, la expresión del hombre que lleva cuarenta años siendo el único testigo honesto de esta casa.
—Bajaste sola.
—Sí.
Charles asintió, como si eso le dijera algo que no necesitaba palabras. Se fue hacia la cocina sin agregar nada.
Isidora se quedó en el vestíbulo, de pie junto al jarrón de rosas blancas. Las mismas de siempre. Las que ella regaba cada mañana porque nadie más lo hacía.
A las ocho en punto, el portón principal se abrió.
* * *
Luca Franzani entró primero. Traje gris, porte de quien lleva treinta años siendo el hombre más importante en cada habitación. Estrechó la mano de Rafael con la eficiencia de una firma.
Detrás de él, Matteo.
Lo que las revistas no capturaban era la forma en que llenaba el espacio físico sin moverse, como si el aire a su alrededor se reorganizara antes de que él llegara. Alto, cabello oscuro, traje negro. Sin corbata. La corbata asomaba del bolsillo exterior del saco, doblada sin cuidado, como si se la hubiera arrancado en el coche.
Luca le dirigió una mirada breve y oblicua. Matteo no la recibió.
Sus ojos verdes encontraron a Clara primero, por un segundo, y luego giraron. Y se detuvieron en Isidora.
No con sorpresa. Con algo más parecido al reconocimiento de una deuda pendiente.
—Clara. —La voz de Matteo era profunda y sin calor—. Has cambiado.
—Espero que para mejor. —Clara rio, demasiado aguda.
Matteo ya no la estaba mirando.
—¿Y tú eres? —Le preguntó directamente a Isidora, ignorando que Rafael estaba a un metro y podía responder por ella.
—Isidora.
—¿Sin apellido?
—Almonte. —Una pausa breve—. La que no necesitan.
Rafael se tensó. Clara abrió la boca. Matteo no reaccionó de ninguna manera visible; solo la estudió durante dos segundos más de lo necesario antes de seguir a su padre hacia el salón.
* * *
Isidora se quedó en el vestíbulo. Nadie le había pedido que entrara al salón, y ella no tenía intención de hacerlo.
Desde donde estaba podía oír la voz de Luca, tranquila y sin inflexión: fechas, condiciones, la boda en tres meses, la mudanza de Clara después del compromiso. El tipo de conversación que se tiene cuando el resultado ya está decidido y el ritual es solo cortesía.
Clara respondía con el entusiasmo de quien lleva años ensayando este momento.
Matteo no decía nada. Al menos, nada que Isidora pudiera escuchar.
Arregló las flores del jarrón que no necesitaban arreglo. Era algo que hacer con las manos.
* * *
Veinte minutos después, escuchó pasos en el corredor. Lentos, deliberados.
—¿No estás adentro? —Matteo se detuvo a tres pasos de ella.
—No me invitaron.
—Podrías haber entrado de todas formas.
—Podría. —Isidora siguió con las flores—. No quise.
Matteo se acercó un paso. Ella no retrocedió. Le costó no hacerlo.
—¿Tu madre te enseñó a arreglar flores o a parecer que arreglas flores cuando no quieres que te hablen?
—Las dos cosas. —Isidora dejó la última rosa en su lugar y lo miró—. ¿Cómo sabe el nombre de mi madre?
La pregunta llegó sin aviso. Matteo abrió la boca y la cerró. Apenas un segundo, pero fue un segundo completo en el que no tuvo respuesta lista.
—La conocí de vista —dijo al fin—. En un evento, hace años. Era hermosa.
—Era. —Isidora sostuvo la mirada—. Murió hace tres años.
—Lo sé.
Lo sabe. No dijo que lo había deducido ni que lo había leído. Lo dijo como quien confirma un dato que ya tenía.
Isidora decidió no preguntarle más. Algunas respuestas eran más peligrosas que las preguntas.
—Tenía exactamente esa misma forma de estar en un lugar sin pertenecer a él —dijo Matteo.
—Yo pertenezco a esta casa.
—No. —La miró con una calma que no era amable—. Estás en esta casa. No es lo mismo.
Isidora recogió los tallos cortados del jarrón y los envolvió en el papel que había dejado sobre la mesa.
—Su prometida lo espera adentro.
—Clara no es mi prometida.
—Lo será. —Isidora lo miró una última vez—. Y entonces esta conversación habrá sido una pérdida de tiempo para los dos.
Se fue hacia la escalera.
No lo vio moverse, pero escuchó que no volvió al salón de inmediato. Un silencio de diez segundos, doce. Luego el sonido inconfundible de un obturador de cámara: el clic seco de un teléfono fotografiando algo.
Isidora se detuvo en el segundo peldaño. No se giró.
Detrás de ella, el jarrón de rosas. Su trabajo. Sus flores.
No entendía por qué. Y eso era peor que entenderlo.
Siguió subiendo.
* * *
Desde el rellano de la escalera, en las sombras, escuchó las despedidas.
Luca ya estaba afuera. Rafael acompañaba a Matteo hacia el umbral. Los dos hombres hablaban en voz baja.
Matteo se detuvo en la puerta.
—Una cosa más. —La voz llegó limpia hasta arriba—. Tu hermana menor. Los diseños que tenga. Portafolio, bocetos, lo que sea. —Una pausa—. Mi asistente pasa esta noche a recogerlo.
Rafael tardó un segundo demasiado largo. —Ella no es diseñadora oficial de la—
—Esta noche, Rafael.
El portón se cerró.
Isidora no se movió del rellano. La mano en la barandilla, los nudillos blancos.
Esta noche.
No mañana. No cuando hubiera tiempo de calcular, de mover, de preparar una mentira creíble. Esta noche, en horas, alguien iba a llamar a esa puerta a pedir lo que estaba cosido en el forro de un abrigo gris en su closet.
Y Rafael acababa de decir que sí sin saber que no había nada que dar.
Isidora subió los últimos peldaños sin hacer ruido. Cerró la puerta de su cuarto. Se quedó de pie frente al closet.
Tenía el tiempo que tardara Rafael en subir esas escaleras para decidir qué iba a decir cuando le preguntara dónde estaba su portafolio.







