El apartamento de Isidora en Gràcia conservaba esa luz suave de los jueves por la tarde que invitaba a la introspección. Sobre la barra de la cocina, la botella de vino tinto que Diego había traído estaba a medias, un eco de la conversación que habían tenido días atrás. Sin embargo, hoy el aire era diferente. No había la tensión de lo no dicho, sino la calma de lo que ya ha sido aceptado.
Diego estaba sentado en el taburete, con su maleta de viaje apoyada contra la pared del pasillo. Su brazo y