El edificio Franzani se alzaba contra el cielo de Barcelona como un monolito de cristal y acero, pero para Matteo, mientras cruzaba el vestíbulo a las ocho de la mañana, se sentía más como una pira funeraria. El aroma a café de especialidad y el murmullo de los ascensores no lograban ocultar la tensión que vibraba en el aire. La sentencia de Julieta había sido el primer terremoto; la investigación sobre la clínica Montseny Privé prometía ser el tsunami.
Subió al séptimo piso. En la sala de junt